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Photo of the Cathedral of Havana
(c) Cathy Griffin by permission.

Un Punto de Vista (c) 1996
       Por Paul V. Montesino, PhD.

“Fuimos usted y yo quienes morimos allí.”

Sucede todos los días. Alguien nace. Alguien muere. Asistimos a un nacimiento, un bautizo, un entierro. Es rutina. La vida se supone que sea así.

Lo que no es rutina es ser forzados a observar con horror cuando cientos, posiblemente miles, de personas mueren en un instante triste y horrífico. Los eventos de septiembre once nos han detenido en nuestro camino y nos hicieron pensar. Estoy seguro de que algunos de nosotros expresamos cierto alivio y consuelo porque no hemos sido víctimas de este crimen horrendo. Nosotros no compramos los boletos a estos aviones. No estábamos tampoco en el World Trade Center. Pero ¿no estábamos ciertamente? Leemos periódicos o escuchamos a los canales de televisión diciendo esta expresión: nunca seremos lo mismo. Pero ¿no somos lo mismo?

Un análisis de la cordura de los miles de años de historia humana, también conocida como miseria humana, crea una perspectiva diferente. Uno no tiene que ir más atrás que cinco de los miles de años de existencia humana para apreciar quien y que somos. En un artículo reciente sobre la pena de muerte yo escribí: “Si nos vamos atrás en el transcurso de la Historia, la época de las civilizaciones antiguas de Babilonia, Persia, los Arios, las conquistas Musulmanas de la India, los Romanos, los griegos, los Bárbaros, las Cruzadas Cristianas y otras, el nivel de violencia de los conquistadores todavía nos abochorna e impresiona.” Si yo tuviera que escribir de nuevo sobre esta perspectiva histórica no cambiaría ni una coma.

Así que la pregunta es: ¿Que es lo que somos?  Primeramente, somos fanáticos de nuestras propias creencias. Quieta o ruidosamente creemos que estamos correctos y hemos ganado el derecho de entrar frontalmente por la puerta ancha al cielo, mientras usted y los suyos ni siquiera podrían entrar por la puerta trasera al menos que se unan a mi fe, cualquiera que esta sea. Y una fe, por definición, no puede ser evidencia. No nos sentimos solamente teológicamente correctos, también nos creemos intelectual y étnicamente correctos. Las llaves al cielo funcionan mejor si tienen el color de nuestra piel y la composición de nuestro pelo y tono de nuestros ojos.

Poseyendo lo que consideramos creencias exclusivas sobre asuntos relacionados con el firmamento, nos creemos también que tenemos la mejor fórmula, la única fórmula, para llegar a él y le atribuimos a otros una motivación que no podemos justificar o siquiera explicar. Es una pena que tengamos que definir la vida como un periodo entre la nada antes que nacemos y un paraíso después que nos vamos. Tenemos que hacernos más inteligentes y pensar sobre la vida como una experiencia permanente de aquí y ahora. Si nos vemos unos a otros como viajeros temporales de una jornada breve a lo mejor comenzaremos a aceptarnos como verdaderos seres humanos, no como objetos o instrumentos del odio, o siquiera de un amor descarriado.

Pero tenemos que continuar. No es solamente que jamás seremos lo mismo. La triste verdad es que pensábamos que no éramos lo mismo y descubrimos que lo somos. No importa quien apretó el gatillo o empujó el botón. Fue un par de manos humanas la que lo hizo. Manos como las mías. Pensamientos rectos como los míos. Cuando nacemos y morimos lo hacemos existencialmente solos; pero en septiembre once, los que fallecieron en Nueva York, Pennsylvania y Washington no murieron solos. Nosotros morimos con ellos.

   

 



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