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Photo of the Cathedral of Havana
(c) Cathy Griffin by permission.

Un Punto de Vista © 1996
Por Paul V. Montesino, PhD, MBA, ICCP.

 “Soledad.”

 He escuchado muchas veces que existe algo llamado amor a primera vista. Si es cierto, la primera vez que puse mis ojos en Soledad, sentí no solo amor, sino pasión. Soledad era la elegida, pensé. Era claro también que yo era el apropriado para ella. Estábamos hechos el uno para el otro. Y estábamos listos para expresarlo también.

 Ella era quieta, discreta, respetuosa, alguien que raramente emita un sonido a menos que se lo pidan; nunca habla si no le hablan. Tiene busto amplio y caderas anchas, y su cintura es estrecha, una combinación que hace su cuerpo bello y atractivo, pero también inalcanzable para aquellos que tratan de hacerla feliz y no pueden.

 Nuestros encuentros fueron breves al principio, más complicados después cuando nos conocimos mejor. Yo no estaba seguro en realidad como podía hacer feliz a Soledad. Ella reaccionaba al toque de mis manos con pasión inigualable, siempre dando lo mejor de ella que podía y haciéndome dudar si yo estaba a la altura de sus estrictos estándares.

 El tiempo pasó, semanas al principio, meses y años más tarde, y entonces de repente nos volvimos extraños. Cada vez que la veía, noté que estaba inusualmente quieta, recostada en el sofá, silenciosamente preguntándose lo que pasaba conmigo. Yo reconocía que ella quería más de mi, y no estaba saciando esa necesidad de la manera que ella necesitaba y anhelaba. De repente, el miedo de perderla para siempre se apoderó de mí. ¿Que podría hacer para recapturar sus vibraciones y su amor? ¿Como pueden dos amantes permanecer enamorados si no hay amor expresado entre ellos?

 Me senté preocupadamente tratando de averiguar como hacerla feliz de nuevo, como responder a sus necesidades, como repetir esos sonidos de amor y entusiasmo que hacían de Soledad lo que era siempre, lo que es.

 No pude esperar más. La coloqué en mi regazo, enrollé su correa sobre mi cintura para asegurarme que no se me fuera y alcancé por ella con pasión, y me respondió de la manera usual. No había una simple nota en ella que dejara de expresar sin gozo. Era ella misma de nuevo, la guitarra acústica más maravillosa que había tenido en mi vida. Pero, ¿no es esa la relación amorosa que debe existir entre el guitarrista y su instrumento? Es como un matrimonio hecho en el cielo musical.

 Ahora ambos somos felices nuevamente. Ella espera por mí yo me encargo de ella. Usted lo puede notar, porque todo es armonioso en estos alrededores como antes. Y, desde luego, a mi derredor. Hay siempre música en el aire. Puede ser de country, rumba, mambo, bolero, hasta clásica. No es perfecta, pero es nuestra.

 Usted debía buscarse una guitarra esta temporada festiva, darle un nombre revelador y hacerla feliz. Cuando la hacemos feliz a ella somos felices nosotros y los nuestros. La mía la llamé Soledad, y suena alegre. Oh, sí, y tenga una temporada festiva y un año 2016 felices en unión de los suyos.

 Y ese es mi Punto de Vista Hoy.  

 

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